Fui al médico por mis problemas digestivos. Le conté la verdad, aunque no fuera agradable rememorarla y no me dejara precisamente en muy buen lugar.
—No se preocupe —me animó el doctor—. Le hará bien.
Y le conté lo que pasó.
Pasó que, después de incontables días de tensión acumulada y contenida hasta límites sobrehumanos, por fin exploté, no pude más; le escupí a mi suegro a la jeta todo lo que se merecía y aún más. Le dije que ya estaba bien de malmeter y cotillear, que se metiera en sus asuntos y nos dejara en paz, que ser suegro no es una misión de estado sino un parentesco postizo que viene impuesto y no elegido, que su hija era feliz conmigo y que por mucho que se esforzara para infectar nuestra relación jamás lograría romperla.
Me quedé a gusto, para qué negarlo. Lo peor fue que a los cinco minutos ya me estaba arrepintiendo. Liberada la furia de mi organismo, volví a mi natural talante reflexivo, aunque ya era demasiado tarde.
Mi suegro, sin perder la compostura y sin que ello significase que no pudiera dar miedo, se limitó a responderme: “Te vas a tragar tus palabras”.
Desde entonces sufro de vómitos y diarreas. Apenas pruebo bocado, y lo que como me sienta fatal. Tampoco duermo.
—¿Hizo lo que le dijo? —me preguntó entonces el médico.
—¿Cómo? —apunté yo absurdamente.
—Sí, que si le hizo caso. O sea, que si se tragó sus palabras.
—Pues… ahora que lo dice. Sí, eso hice.
—Claro —diagnosticó, muy seguro de sí mismo—. Eso es lo que le provoca esos trastornos digestivos. Se ha tragado usted una ristra de improperios equivalente a un kilo y medio de fritanga rociada con tabasco.
Cogió entonces un bloc de notas y comenzó a escribir algo en él. Yo pensé que sería una receta convencional. Sin embargo, al terminar me mostró lo que había escrito y eran seis o siete palabras sueltas.
—Lea esto para sí, en silencio y con la boca cerrada —me indicó, con esa voz inconfundible de sabio galeno que tanta tranquilidad me produce—. Una vez lo lea, trágueselo.
Le hice caso, si bien no noté efecto alguno.
—Si esta noche continúa con las molestias o se repiten los cuadros que me ha descrito antes, vuelva a escribir estas palabras y léalas dos o tres veces al día, después de cada comida—. Aclaradas mis dudas, añadió—: No es necesario que las trague todas enteras. Puede hacer una pausa entre sílaba y sílaba.
Le di las gracias con sincera efusividad y me marché a casa contento, aunque todavía con algún que otro retortijón. Caminé todo el tiempo repitiéndome mentalmente el mantra recetado. El doctor no me había advertido nada al respecto de posibles efectos secundarios por abuso, y menos aún sobre la hipótesis de una sobredosis fatal. Mi cuerpo parecía reaccionar bien.
Al llegar a casa, el rostro de Daniela —en especial su labio inferior, apresado bajo la fiera presión de los incisivos superiores— me comunicó sin necesidad de palabras que había hablado con su padre y conocía por consiguiente el suceso un tanto chabacano que ambos protagonizamos días atrás.
—No me mires así —le dije—. Precisamente vengo del médico por su culpa.
—Sois unos egoístas los dos. Nunca tenéis en cuenta que yo estoy en medio y que es a mí a quien más daño hacéis.
Hablaba de egoísmo quien demostraba sentirse el centro del universo. Los genes, supongo, que habitan nuestro organismo aunque no lo queramos.
—¿Sabes qué? Hagamos una cosa —propuse, envalentonado gracias a mi repentina recuperación—. Digámonoslo todo ahora. Acabo de comprobar que no hay nada peor que tragarse las palabras, que guardarse dentro lo que uno desea decir, especialmente si se trata de algún reproche. Así que, venga, estoy listo; suéltalo.
—¿Pues sabes tú? —me respondió al instante, sin titubear. Mi golpe de efecto no era tan bueno como yo había creído—. Yo acabo de comprobar que en realidad no tenemos ya nada que decirnos.
Y tenía razón. He tenido que volver a pedir hora en el hospital, pero ahora no por padecer molestias derivadas de la ingesta de pullas, insultos o descalificaciones. Ahora ya no hay palabras que tragarse, y eso me está matando. De inanición, supongo.
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