Indigesto

Fui al médico por mis problemas digestivos. Le conté la verdad, aunque no fuera agradable rememorarla y no me dejara precisamente en muy buen lugar.
—No se preocupe —me animó el doctor—. Le hará bien.
Y le conté lo que pasó.
Pasó que, después de incontables días de tensión acumulada y contenida hasta límites sobrehumanos, por fin exploté, no pude más; le escupí a mi suegro a la jeta todo lo que se merecía y aún más. Le dije que ya estaba bien de malmeter y cotillear, que se metiera en sus asuntos y nos dejara en paz, que ser suegro no es una misión de estado sino un parentesco postizo que viene impuesto y no elegido, que su hija era feliz conmigo y que por mucho que se esforzara para infectar nuestra relación jamás lograría romperla.
Me quedé a gusto, para qué negarlo. Lo peor fue que a los cinco minutos ya me estaba arrepintiendo. Liberada la furia de mi organismo, volví a mi natural talante reflexivo, aunque ya era demasiado tarde.
Mi suegro, sin perder la compostura y sin que ello significase que no pudiera dar miedo, se limitó a responderme: “Te vas a tragar tus palabras”.
Desde entonces sufro de vómitos y diarreas. Apenas pruebo bocado, y lo que como me sienta fatal. Tampoco duermo.
—¿Hizo lo que le dijo? —me preguntó entonces el médico.
—¿Cómo? —apunté yo absurdamente.
—Sí, que si le hizo caso. O sea, que si se tragó sus palabras.
—Pues… ahora que lo dice. Sí, eso hice.
—Claro —diagnosticó, muy seguro de sí mismo—. Eso es lo que le provoca esos trastornos digestivos. Se ha tragado usted una ristra de improperios equivalente a un kilo y medio de fritanga rociada con tabasco.
Cogió entonces un bloc de notas y comenzó a escribir algo en él. Yo pensé que sería una receta convencional. Sin embargo, al terminar me mostró lo que había escrito y eran seis o siete palabras sueltas.
—Lea esto para sí, en silencio y con la boca cerrada —me indicó, con esa voz inconfundible de sabio galeno que tanta tranquilidad me produce—. Una vez lo lea, trágueselo.
Le hice caso, si bien no noté efecto alguno.
—Si esta noche continúa con las molestias o se repiten los cuadros que me ha descrito antes, vuelva a escribir estas palabras y léalas dos o tres veces al día, después de cada comida—. Aclaradas mis dudas, añadió—: No es necesario que las trague todas enteras. Puede hacer una pausa entre sílaba y sílaba.
Le di las gracias con sincera efusividad y me marché a casa contento, aunque todavía con algún que otro retortijón. Caminé todo el tiempo repitiéndome mentalmente el mantra recetado. El doctor no me había advertido nada al respecto de posibles efectos secundarios por abuso, y menos aún sobre la hipótesis de una sobredosis fatal. Mi cuerpo parecía reaccionar bien.
Al llegar a casa, el rostro de Daniela —en especial su labio inferior, apresado bajo la fiera presión de los incisivos superiores— me comunicó sin necesidad de palabras que había hablado con su padre y conocía por consiguiente el suceso un tanto chabacano que ambos protagonizamos días atrás.
—No me mires así —le dije—. Precisamente vengo del médico por su culpa.
—Sois unos egoístas los dos. Nunca tenéis en cuenta que yo estoy en medio y que es a mí a quien más daño hacéis.
Hablaba de egoísmo quien demostraba sentirse el centro del universo. Los genes, supongo, que habitan nuestro organismo aunque no lo queramos.
—¿Sabes qué? Hagamos una cosa —propuse, envalentonado gracias a mi repentina recuperación—. Digámonoslo todo ahora. Acabo de comprobar que no hay nada peor que tragarse las palabras, que guardarse dentro lo que uno desea decir, especialmente si se trata de algún reproche. Así que, venga, estoy listo; suéltalo.
—¿Pues sabes tú? —me respondió al instante, sin titubear. Mi golpe de efecto no era tan bueno como yo había creído—. Yo acabo de comprobar que en realidad no tenemos ya nada que decirnos.
Y tenía razón. He tenido que volver a pedir hora en el hospital, pero ahora no por padecer molestias derivadas de la ingesta de pullas, insultos o descalificaciones. Ahora ya no hay palabras que tragarse, y eso me está matando. De inanición, supongo.

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Igualito que su padre

Como la vida en los hospitales se rige por unos extraños cánones temporales que rara vez cuadran con el ritmo de la actividad de las personas sanas (comida a las doce, cena a las siete), la hora de la visita coincidía con el momento en que Sofía se sentía más cansada. No es que no agradeciera la compañía de sus seres cercanos, pero hay ocasiones en que cualquiera mataría por una siesta, o incluso por unos rácanos diez minutos más de remoloneo entre las sábanas.
Así que Alberto decidió que no la despertaría aquella vez. Cogió al bebé en brazos y salió al pasillo para recibir él a los visitantes. Confiaba en que todos ellos comprenderían que su mujer estaba agotada. A fin de cuentas, se suponía que a quien querían ver era al recién nacido.
Su suegra y su cuñado llegaron puntuales. Al principio pensaron que Alberto les ocultaba algo, que tal vez se habían llevado a Sofía por haber sufrido algún tipo de complicación, por lo que tuvo que entreabrir la puerta de la habitación para que se cercioraran de que dormía.
Poco después apareció una pareja de amigos, y a continuación la hermana de Alberto, a quien reconocieron sólo cuando apartó de su rostro el enorme ramo de flores que portaba.
Todos hicieron un corrillo alrededor de Alberto, que sujetaba al niño en brazos con sorprendente pericia, pese a ser la segunda o tercera vez que lo intentaba. Enseguida los invitados comenzaron a desplegar el inevitable repertorio de primeras impresiones.
“La nariz es de Sofía”; “Se ríe igual que ella” (era meritorio interpretar como risa la mueca amorfa de un ser que aún tenía más en común con los vegetales que con los humanos); “Esa arruguita de la barbilla era de vuestro padre, que en paz descanse”. La familia de Sofía barría para casa; lo normal en estos casos. Por su parte, la hermana de Alberto destacó que el bebé era tranquilo, como era norma entre los portadores de su apellido, y además apuntó jocosa que tenía las mismas entradas que su hermano. El matrimonio amigo se posicionó en el también lógico terreno neutral: “Con unos padres tan guapos, es normal que haya salido esta monada”; “El pelo negro es totalmente de Sofía, pero tiene las manos grandes como tú”.
Una enfermera que llegó al trote desde el pasillo se unió por sorpresa al rondo. Tras pedir disculpas, retiró ligeramente el extremo inferior de la mantita que cubría al niño y comprobó en misterioso silencio los datos grabados en una especie de pulsera diminuta que el bebé llevaba sujeta a uno de los tobillos. “Lo siento, señor. Va a tener que acompañarme”. Alberto apretó instintivamente al pequeño contra su pecho, y todos los demás se quedaron petrificados. Al darse cuenta, la enfermera sonrió y añadió: “Oh, tranquilos. Es sólo un trámite”.
Alberto se disponía a entrar en la habitación y depositar a su hijo de nuevo en la cuna, pero la enfermera le aclaró que debía llevarlo consigo. Tomaron el ascensor y descendieron dos pisos. Estaban en la planta de los quirófanos y los paritorios. Allí los recibió un doctor, que le arrebató el niño de los brazos a Alberto y le instó a que esperara sentado en una pequeña sala acristalada y austeramente equipada con un par de sillones, una máquina de bebidas y una papelera rebosante de vasos de plástico.
A los cinco minutos salió la enfermera de antes con un bebé en brazos. Éste era más rubio y daba la impresión de estar algo más arrugado. “Éste no es mi hijo”, quiso aclarar Alberto. “Lo siento, señor. Éste es su hijo. Hubo un error ayer en la entrega. Puede comprobarlo en la pulserita del tobillo. Hemos pasado el código de barras por la máquina y no hay duda. Le ruego nos disculpe”.
La enfermera desapareció y él se quedó plantado en medio del pasillo, con cara de bacalao recién pescado y con aquella criatura desconocida apoyada en su regazo. Una pareja de celadores se acercó para curiosear por detrás de los hombros de Alberto. “Qué guapo”, exclamó uno. “Puede estar contento, ¿eh? Es igualito que usted”, dijo el otro. “Ya lo creo”, volvió a apuntar el primero, “Esos labios y esa mandíbula tan cuadradita no dejan lugar a dudas”. “Felicidades”, añadieron ambos, y se fueron.
Alberto quiso mirar al bebé a los ojos, pero los tenía cerrados.

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Las vidas de Katainen

Klaus Katainen, excombatiente laureado reconvertido en piloto de una aerolínea finlandesa privada al concluir la guerra, falleció el 26 de agosto de 1977 cuando el avión que comandaba se estrelló mientras cubría la ruta Helsinki-Oslo.
Junto a Katainen murieron otras 107 personas (no hace falta especificar que repartidas entre pasajeros y otros miembros de la tripulación, pero aun así lo especificaremos, ya que es lo que siempre se suele hacer en estos casos).
La inefable caja negra no logró esclarecer nada concreto sobre las posibles causas del accidente. Casi todo el mundo convino en asumir que, como humano, Katainen no era infalible. Tal vez un despiste, una falta de concentración, el cansancio acumulado, un imprevisto del trayecto, una mala nube, un pájaro de mal agüero.
Su viuda lo lloró exactamente durante trece días. Catorce jornadas después de la catástrofe, la desconsolada esposa, al revolver en su bolso en busca de un mechero (o quizá era un pintalabios; poco importa este detalle en sí), encontró un sobre cerrado y dirigido a ella. No había datos del remitente, pero la caligrafía era tan reveladora como cualquier nombre o apellido.
Dentro del sobre halló una cuartilla doblada en cuatro pliegues y recorrida también por la inconfundible letra de su difunto marido. El texto, tan conciso como lastimero, revelaba la intención de Klaus Katainen de quitarse la vida y anunciaba que llevaría a cabo su suicidio precisamente de la manera en que lo hizo, masacrando la belleza del fiordo y abrasando las vidas de los inocentes viajeros a fuerza de queroseno.
Las razones de su desesperación no quedaban del todo claras, si bien las secuelas de la guerra —que ya habían hecho mella en su vida matrimonial durante años— parecían adivinarse entre líneas.
La señora de Katainen decidió que no arrojaría basura sobre la memoria de su esposo. Desde luego que su profesionalidad había quedado algo en entredicho tras el accidente, pero eso no era nada comparado con la verdad —con la retorcida verdad—, la cual demostraba que el otrora valiente soldado se había despedido de este mundo como alguien tan desaprensivo y egoísta que, no conforme con ser un suicida, puso fin a su vida ejerciendo de asesino de masas.
Para evitar que un despiste futuro pudiera revelar el secreto y, a la sazón, convertirla a ella misma en encubridora del crimen, la buena mujer prendió fuego al papel con la confesión póstuma de su cónyuge y tiró las cenizas resultantes por el retrete.
Aproximadamente un año después, Ingrid Katainen recibió una enigmática llamada telefónica. Al otro lado del hilo, una mujer que se identificó como familiar directa de una de las víctimas le expresó su deseo de visitarla para conocerla en persona. Ella receló en un principio, pero no pudo resistirse finalmente a la insistencia de aquella desconocida, que logró convencerla argumentando que poseía información sobre su marido que seguramente ella ignoraba.
Quedaron para verse en la cafetería de un hotel. Tomaron un té mientras compartieron sus respectivas cuitas, antes de entrar de lleno en materia. Ingrid Katainen le preguntó a la mujer por su familiar fallecido:
—¿Su marido? ¿Un hijo tal vez?.
—En efecto, mi marido —respondió. Y añadió a continuación—: Klaus Katainen.
Antes de que Ingrid perdiera los nervios y pudiera encararse con ella de forma violenta, la desconocida abrió su bolso y sacó una hoja de papel que parecía doblada a conciencia.
—Apuesto a que usted tiene una igual.

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Privado

Recordaba su fascinación infantil hacia las puertas que lucían un cartel en el que se leía la palabra Privado. Las veía en las cafeterías, en determinadas tiendas o comercios, en lugares públicos de diversa índole.
Aquella palabra solemne y censora le provocaba una curiosidad idealizada. Era para él el equivalente real de aquella otra expresión, Top secret, que solía ver en las películas de espías y en los tebeos, y cuyo objetivo era velar por la integridad de secretos de estado o misterios que cambiarían el sino de la Historia y de la raza humana.
Sentado a la mesa del café junto a sus padres, miraba aquellas puertas cerradas mientras tomaba un refresco e imaginaba la emoción de traspasarlas. A menudo la misteriosa puerta estaba situada al lado de la de los baños, y de vez en cuando le sobrevenían tentaciones de intentarlo fingiendo una razonable confusión. Pero igualmente se convencía de que un candado, una cerradura de seguridad o incluso una intrincada combinación se interpondría por fuerza entre sus azorados deseos y la solución del enigma.
Sabía que alguien dijo que el hombre se hace adulto cuando toma conciencia de su mortalidad. Él carecía de la capacidad para determinar la exactitud de su momento revelador acerca de la exigüidad finita de ésta nuestra existencia, pero podía asegurar que toda su inocencia reventó hasta desintegrarse el día en que descubrió por fin que, tras aquella puerta y su provocativo letrero, se escondía algo tan anodino y prosaico como el cuarto de las escobas.
Tal vez fuera una consecuencia de aquel traumático desengaño infantil, o tal vez no; el caso es que siempre había visto a los enamorados como un trasunto de ese niño que mira el cartel de Privado desde la mesa de la cafetería, soñando con lo que habrá detrás antes de conocerlo realmente. Y no ocultaba lo mucho que le sorprendía el hecho de que la práctica totalidad de sus semejantes, ya fuera con convencimiento o simple resignación, hubieran limitado la búsqueda de la felicidad al reducido espacio del cuarto de las escobas.

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Que gane el mejor

Parece que el partido ya ha terminado, pero no es así. Estamos todos en el vestuario, en pelota viva, berreando como puercos borrachos y haciéndonos bromas de colegio mayor, echándonos agua y usando las camisetas como banderas o incluso como improvisados látigos que azotan nuestros culos y genitales.
Así son normalmente las celebraciones, es verdad, lo que ocurre es que nosotros aún no hemos ganado matemáticamente nada. Todo este jolgorio lo estamos montando en el descanso, así que aún nos resta jugar el segundo tiempo.
Pero cómo no enloquecer con la primera parte de ensueño que le hemos regalado a la afición. En el minuto 23 ya íbamos cuatro a cero. El quinto ha llegado a falta de un minuto para el final, como una puntilla torera.
Quedan 45 minutos más, y el partido de vuelta en nuestro estadio. Quizá no deberíamos estar festejando la victoria tan prematuramente, por eso del respeto al rival y todo ese falso código de honor de los deportistas, del que sólo nos acordamos cuando perdemos.
El entrenador acaba de aparecer en el vestuario. Nos disponemos a alzarlo entre todos sobre nuestros hombros y darle una especie de paseíllo triunfal. Observamos su rostro y entonces la algarabía cesa. Nos quedamos parados y mudos. Hay algo en su cara que demanda prudencia. Disgusto, diría yo.
Creemos que nos va a decir algo, pero no es él quien abre la boca. A su espalda, un hombre al que no hemos visto nunca, un intruso con un traje de tres mil euros en un lugar donde huele a sudor y el chándal es la prenda más elegante, un tipo inquietante y agorero, se dirige a nosotros con un aire de paternal superioridad para fastidiarnos la juerga:
—Muy bien, chicos, os felicito. En serio. Hacía años que no veía nada igual. Desde los tiempos… qué sé yo… de Iribar, por lo menos. Eso lo primero. Vaya por delante mi felicitación.
Desvío la vista con disimulo hacia el míster. Tiene la mirada sumergida en la inmensidad cósmica. El hombre del traje continúa su discurso:
—Veréis, muchachos. Me llamo Conrado Torrecilla. Sé que mi nombre no os dice nada, pero gracias a mí y a mi equipo vosotros, vuestras familias y medio país disfrutáis a diario de vuestros programas de televisión favoritos. Nuestro grupo de comunicación posee los derechos de retransmisión del campeonato nacional y de la máxima competición europea, ésta que estáis a punto de conquistar, porque es evidente que el partido de vuelta será un mero trámite y llegaréis a la final sin problemas. Bien, aquí es donde quería llegar. Veréis. Si ahora salís al campo y volvéis dar un recital como el del primer tiempo, ya sabéis qué ocurrirá, ¿verdad? Claro que sí. ¿No? Os lo diré. Ocurrirá que el partido de vuelta no lo verán ni los pordioseros que se amorran a los escaparates de las tiendas de electrodomésticos. Eso pasará. Evidentemente, no os voy a pedir que os dejéis ganar. Por favor. Eso nunca. Pero, mirad. Basta con que hoy os marquen un par de goles. Ya está. Un cinco a dos es un resultado más que holgado como para que la semana que viene saltéis al terreno de juego confiados y tranquilos. Si por mí fuera, incluso os pediría que os dejaseis marcar un tercero, pero entiendo que no queráis tensar tanto la cuerda. Un cinco a dos está bien. Es suficiente para que el encuentro de vuelta tenga la audiencia suficiente y todos salgamos ganando. He dicho bien. Todos. Y no me refiero sólo a ganar en términos deportivos. Conozco bien a vuestro presidente y sé que es un hombre cercano y transparente. Estoy convencido de que os ha hablado más de una vez de la importancia que tienen los derechos de televisión en vuestras fichas y contratos. Por no hablar de las primas, esas que seguro recibiréis en breve, porque sois unos auténticos campeones.
Nadie dice nada. El entrenador parece haber vuelto a esta dimensión, aunque sus ojos son ahora un poema de vulgaridad lacrimógena.
—Pues nada más, chicos —añade Conrado Torrecilla—. ¡A por ellos!

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Quiénes somos, adónde vamos

En el aula hay 24 niños, repartidos en seis filas de cuatro pupitres cada una. El profesor ocupa su mesa presidencial, que está vacía, impoluta, diáfana; no se ve un solo papel sobre ella, ni una carpeta, ni siquiera un triste bolígrafo.
Los alumnos tampoco portan material de escritura alguno, ni cuadernos, ni folios, ni lápices, ni nada que se les parezca.
Pese a todo, es el día; nada ha cambiado ni nadie ha alterado la fecha prevista.
A la espalda del maestro hay una pizarra clásica, de color verde oscuro y cubierta de una capa como lechosa o canosa que es el resultado del último borrado de tiza, quizá apresurado o sencillamente displicente.
El profesor coge una tiza de la repisa anexa a la pizarra por su parte inferior y escribe cuatro números en el encerado.
¿Una hora? ¿Una fecha? ¿La combinación de su caja fuerte? ¿El código Da Vinci? ¿El premio de la lotería?
Acto seguido, hurga en el bolsillo interior de su chaqueta y extrae del mismo un pequeño artefacto. Con una inclinación de la cabeza da a entender a los alumnos que ellos pueden proceder ya a imitar su último gesto.
Los chicos se echan mano a sus bolsillos, bolsos, mochilas o bandoleras, y en unos segundos todos sujetan obedientes su propio artefacto ante la mirada imponente del maestro.
Éste posa su artefacto sobre la mesa y, señalando en dirección a la pizarra, se dirige por fin a su audiencia:
—Bien, a partir de este momento comienza el examen. Tenéis cuarenta minutos para redactar vuestro SMS y, una vez terminado, deberéis enviarlo a ese número que acabo de escribir ahí.
Como siempre, tiene que llamar la atención a Manu para que deje de hablar con el compañero de al lado, y a Mara para que se saque los auriculares de los oídos. Al margen de su inconstancia en el estudio, Mara ha experimentado una evolución prodigiosa a lo largo del curso. Se ha convertido en una mujer antes que cualquier otra de sus amigas de la clase. En los primeros días, aún se le distinguía un tenue brillo de pelusilla cubriéndole las piernas, pero ahora está procaz y pulcramente depilada. Pensando en términos estrictamente estadísticos, lo más normal es que ya haya vivido su primera experiencia sexual, probablemente con un idiota imberbe como Manu.
Transcurridos los cuarenta minutos concedidos, el móvil del profesor empieza a vibrar y a trotar sobre la mesa como una cucaracha histérica recién rociada de insecticida.
Mira su reloj, recoge el teléfono de la mesa y les comunica a sus pupilos que el tiempo se ha terminado, a la vez que presiona el botón de desconexión del móvil.
Uno de los alumnos levanta el brazo solicitando permiso para hacer una pregunta. Permiso concedido:
—Profe, ¿cuándo estarán corregidos?
—El lunes mandaré un SMS al móvil de vuestros padres con la nota del examen.
La clase se va vaciando paulatinamente, entre murmullos y risas de los colegiales. El profesor se dispone a borrar el código escrito en la pizarra, y en ese mismo instante se oye una música repelente y pachanguera que proviene del fondo del aula. Camina hasta allí, echa un vistazo por los alrededores y encuentra por fin, en el suelo, entre las patas de una silla, el aparato causante de aquella insolente melodía. La música cesa. El maestro lee el texto escrito en la pantalla y masculla: “A éste ya le he puesto la nota. Lo voy a catear por imbécil. Son torpes hasta para copiar, coño”, tras lo cual, abandona la clase refunfuñando.
Después de cenar, ya en casa, conecta el teléfono y se dispone a calificar los trabajos de sus alumnos.

He visto cómo me miras en clase y he interpretado que mi examen será especial. Cuando quieras lo hacemos. Mara.

Se siente culpable sólo por haberlo leído, pero sabe que no puede borrarlo. Pasa al siguiente mensaje. El tono cambia radicalmente, aunque tampoco se trata de un texto precisamente académico:

Si me suspendes te arranco los ojos y me meo en ellos, hijo de puta.

(Literalmente, pone: si me suspnds t arranko ls hojos i m meo en eyos ijodepta.)

El susto le hace plantearse la posibilidad de un aprobado general, pero eso es típico de los profesores que se jubilan, y él aún es joven.

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El dilema de después

Como ninguno de los dos fuma, para nosotros no existe la manida tesitura conocida como “el cigarrito de después”.
Lo que acostumbramos a hacer, mientras recobramos el aliento y tratamos de volver a domar el galope de la respiración, es mantener una charla postcoital que suele pecar de pueril grandilocuencia, como no podría ser de otra manera cuando uno no deja pasar la necesaria cuarentena entre el orgasmo y la conversación (nada de promesas ni declaraciones en los minutos posteriores al clímax; el arrepentimiento y la vergüenza se alimentan de ello, y continúan cobrando su deuda aun en años futuros).
Concretamente, nos solemos interrogar acerca de cuestiones vagamente filosóficas, o bien departimos en un registro existencialista que no dista mucho del que adoptarían dos incondicionales del exceso etílico. Cosas de la debilidad de la carne humana (o, como diría el tertuliano televisivo de turno, del Eros y el Tánatos).
En algunos casos llegamos a ponernos a prueba. No intencionadamente, claro, o eso quiero creer. Simplemente ocurre que nuestras palabras son demasiado espontáneas, poco o nada calculadas, y que, asimismo, nos sentimos demasiado vulnerables como para blindarnos ante posibles preguntas con trampa.
Ayer mismo ella me sorprendió con la siguiente perla inquisitiva:
“Oye, ¿tú que preferirías —me soltó—, ¿parecer tonto y en realidad ser listo o parecer listo y en realidad ser tonto?”
La respuesta parecía facilísima si no se meditaba bien. Es evidente que a todos nos puede el deseo de ser auténticos, honestos, íntegros y todo eso. Lo primero que me vino a la lengua (y casi a la punta de los labios) fue afirmar rotundamente que es preferible ser listo, y luego que cada cual opine de uno lo que le venga en gana.
Pero no era tan sencillo. Por una vez no me precipité y no abrí la boca en seguida.
A efectos prácticos, qué demonios, ¿no es acaso mejor parecer más listo de lo que uno es en realidad? ¿No nos abrirá eso más puertas (y posiblemente también más piernas)? Si soy capaz de guardarme mi ineptitud sólo para mi intimidad, si logro engañar al resto de mis semejantes para que me consideren un tipo inteligente y respetable, ¿no me asegura eso una existencia más feliz y exitosa?
Poniéndome en el supuesto contrario, es decir, considerando que yo sea una lumbrera encubierta, ¿qué podría esperar? Si todo el que me rodea está convencido de que soy un inútil, un lerdo, un zote, un pringado… ¿verdaderamente encontraría consuelo tan sólo en mi erudita y solitaria privacidad?
En resumidas cuentas, como no lo tenía claro, decidí contraatacar:
“¿Y tú? —le dije— ¿Qué preferirías?”.
“Yo he preguntado primero” —me contestó, con toda la razón del mundo.
De pronto me di cuenta de que era otra cuestión la que realmente me preocupaba:
“Por cierto, ¿a qué ha venido esa pregunta?”.
Ella no dijo nada. Me miró achinando un poco los ojos y estirando sus labios apretados hasta componer una sonrisa cargada de compasión.
“Qué tonto eres” —dijo al fin, y me besó con ímpetu festivo.
Me había llamado tonto. Sí, en sentido cariñoso, vale. Ya no pude dormirme, claro.

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